4°. Domingo Ordinario B – Marcos 1,21-28

¡Qué doctrina la de Jesús! Es un Maestro como no ha habido otro. ¡Y qué poder el suyo! No se le resiste nada ni nadie.

Esto es lo que vamos a decir nosotros espontáneamente al leer el Evangelio de hoy, como lo dijeron las gentes sencillas que fueron testigos de aquellos primeros hechos de Jesús en Cafarnaúm.

Hacía varios siglos que no se presentaba ningún profeta en Israel. Juan el Bautista ha venido y aún está predicando junto al Jordán.

Pero se va escondiendo poco a poco, mientras deja el paso a Jesús, el anunciado por él mismo como el Cristo enviado por Dios al mundo. Y aquí lo tenemos ahora, enseñando a la gente que el sábado se ha reunido para escuchar la Palabra y dedicarse a la Oración.

 

Todos escuchan asombrados al joven Maestro de Nazaret, y se van repitiendo los unos a los otros:

– Pero, ¿no se dan cuenta? ¿no se fijan que éste enseña muy diferente de los escribas? Éstos no hacen otra cosa que ir repitiendo cada vez lo mismo. Mientras que Jesús enseña con autoridad propia… ¡Y hay que ver qué comparaciones! ¡Con qué gracia lo dice todo! Es un gusto el escucharlo…

Así va discurriendo y hablando la gente, cuando un pobre hombre poseído del demonio comienza a gritar desesperadamente:

– ¿Qué hay entre ti y nosotros, Jesús de Nazaret?

Todos vuelven la cabeza consternados hacia el endemoniado, y se agarran unos a otros dominados por el miedo. Sólo Jesús conserva la serenidad, mientras el demonio sigue gritando cada vez más furioso:

– ¡Tú has venido a arruinarnos a nosotros! Porque yo sé quién eres: ¡Tú eres el Santo de Dios!

Jesús no tolera esta confesión hipócrita del diablo. Se yergue con majestad, e increpa al espíritu inmundo:

– ¡Cállate! ¡Y sal ahora mismo de este hombre!

El demonio hace un esfuerzo supremo ante esta potencia que se le pone delante. Retuerce al hombre por el suelo, pero al fin lo deja libre, dominado por un poder muy superior al del infierno.

La gente no ha visto nunca algo semejante, y comenzó a decirse:

– Pero, ¿qué es esto? ¡Una doctrina enseñada con semejante autoridad! ¡Y los demonios que no le pueden resistir y salen ante el imperio de su voz!…

Empieza a correr por toda la región la fama de Jesús. Todos se dan cuenta de que se ha entablado la lucha entre el Cielo y el Infierno.

¿Quién se va a hacer con la victoria definitiva? Hoy vemos el primer combate, y otro día contemplaremos la última batalla. El demonio llevará a su contrincante hasta la cruz. Pero el muerto saldrá victorioso del sepulcro para no morir ya más. Antes, habrá dicho Jesús con firmeza:

– El príncipe de este mundo no tiene que ver nada conmigo y será arrojado fuera.

Esta primera expulsión del demonio es un signo de lo que va a venir. La Humanidad, por la palabra de Jesús, se verá libre del poder que se echó sobre ella en el paraíso con aquel mordisco fatal al fruto prohibido. En adelante, ya no servirá el hombre más al demonio que lo pierde, sino al Dios que lo salva.

Decimos la Humanidad, pero vale la pena concretizar. Y la pregunta es: El demonio, ¿tiene algo que ver con nosotros? ¿nos puede hacer algún mal? ¿lo vencemos nosotros a él o nos derrota él a nosotros? Además, ¿juega la Palabra de Jesús algún papel en nuestra lucha contra el enemigo?…

Empezamos por decir que el demonio, desde la muerte y resurrección de Jesucristo, es un perro atado, que ladra pero no muerde sino al imprudente que se le acerca y quiere jugar con él.
El demonio está lleno de envidia por nuestra suerte, y no pretende sino perder a los hombres en la misma condenación suya.

Lleno de soberbia, por otra parte, le tiene jurada a Dios la guerra y le quiere arrebatar todas las almas posibles.

Nuestra salvación, entonces, se ve en crisis.

Jesucristo derrama su sangre por nosotros, nos merece el perdón de Dios y la gloria del Cielo. Pone así la salvación en nuestras manos. Por parte de Dios, todo está hecho y la salvación es segura.
Satanás, sin embargo, no se da por vencido. Sabe aliarse con el mundo como lo llama Jesucristo, es decir, con todas las costumbres, con todas las instituciones, con todas prácticas opuestas a la ley de Dios, y entabla la lucha encarnizada.

El hombre ha de optar libremente. ¿Con Cristo y su Iglesia? ¿Con Satanás y sus secuaces?… De su elección decidida dependerá su destino final. La salvación será gracia de Dios y a la vez triunfo valiente contra el demonio. La posible perdición sería infidelidad al don de Dios y entrega voluntaria al enemigo.

Para conseguir esa victoria anhelada, tenemos la escucha y el seguimiento de la Palabra de Dios que nos enseñó Jesucristo. El demonio de la Sinagoga no creía en la palabra de Jesús, pero se vio derrotado por ella. Por eso el apóstol San Pablo nos enseña cómo esa Palabra tiene una fuerza devastadora contra el poder del Maligno. Y así, dice al final de la carta a los Efesios:

– Revestíos de la armadura de Dios, para poder resistir los ataques del diablo. Tened siempre a mano el escudo de la fe y la espada del Espíritu, esto es, la palabra de Dios.

Ciertamente, que quien escucha a Jesús, quien se penetra de su Palabra, quien la tiene siempre a flor de labios para saber contestar al demonio atrevido, no caerá nunca en las redes sutiles o descaradas que el enemigo le pueda tender.

El enemigo de la salvación es fuerte. Pero nosotros, con Jesucristo, lo somos mucho más…

5°. Domingo Ordinario B – Marcos 1,29-39.

5°. Domingo Ordinario B – Marcos 1,29-39.

El Evangelio de este Domingo es muy clásico para conocer cuál es la misión que Jesús ha traído al mundo y cómo la Iglesia la sigue realizando en nombre del mismo Jesús a lo largo de los siglos.

Jesús se halla en Cafarnaúm. Sale de la sinagoga aquel sábado y se retira a casa de Simón Pedro. Lo primero con que se encuentra es con una enfermedad preocupante. La suegra de Simón está con fiebre muy alta, que puede complicarse y llevarla hasta la muerte. Jesús se le acerca con cariño:

– ¿Qué te pasa, mujer?…

La agarra de la mano, le ordena levantarse, y la enferma, curada del todo, se pone a servirles a todos en la mesa. La alegría en la familia y entre los amigos se deja fácilmente adivinar, mientras corre la voz por toda la ciudad:

– ¡Vengan, vengan a casa de Simón a ver a Jesús, el de Nazaret! ¡Hay que ver qué milagros que está haciendo!…

 

Es el atardecer y se empieza a esconder el sol. Pero delante de la casa de Simón se ha reunido a estas horas un verdadero gentío:

– ¡Señor, cura a este mi hijo!… ¡Mira, Señor, a este pobre endemoniado, que no nos deja en paz!…

Y los demonios, entre tanto, como lo ha hecho aquel de la sinagoga, a gritar contra el nuevo Profeta, aunque Jesús no se deja intimidar, y les conmina:

– ¡Vosotros, a callar!…

Llega la calma de la noche. Se retiran todos a descansar, igual que Jesús después de un día tan fatigoso.

Antes de que amanezca, Jesús se levanta silenciosamente y se escapa solo, sin nadie en su compañía, a un lugar retirado para dedicarse intensamente a la oración. Siente verdadera necesidad de hablar y desahogarse con Dios su Padre.

Entre tanto, nuevos grupos de gente ante la casa de Simón, que, con sus compañeros, se lanzan en busca del Maestro. Lo encuentran rezando, y Simón le apremia:

– ¡Ven, Señor, ven pronto a casa! No sabes cómo te busca la gente.
Pero Jesús esta vez no con desciende, y contesta a los primeros discípulos:

– No; no regresamos a Cafarnaúm. Vámonos a otra parte y a todos los poblados vecinos, para predicar también en ellos, pues para esto he venido.

Y comenzó entonces aquel correr ininterrumpido por casi tres años a través de la Galilea y la Judea, predicando en todas las sinagogas, curando enfermos y expulsando a los demonios.

Este Evangelio sintetiza toda la misión de Jesús y también la de la Iglesia. Cambian con los tiempos las formas de acción, pero la misión es la misma: predicar la Buena Nueva de la salvación, curar la enfermedad moral del mundo, arrebatar a Satanás el imperio que se había creado e instaurando en su lugar el Reino de Dios. Para ello, contar siempre con Dios, al que acude con oración constante.

* Primero, la Iglesia ha aprendido de Jesús a predicar. El Señor le confía esta misión antes de subirse al Cielo: Id y predicad a todas las gentes lo que yo os he enseñado y mandado. Cuando lo hagáis, con vosotros estoy hasta el final del mundo. Y así es. La Iglesia no se cansa de repetir la Palabra del Señor. ¿Quiénes realizan esta acción? Los Pastores, ante todo, como oficio propio. No pueden callar. No deben callar. Su voz ha de llegar hasta los confines de la tierra.

¿Solamente ellos? No. Comunicar la Palabra del Señor lo hacemos también nosotros, los seglares, que compartimos la misión de los Pastores y llevamos la Palabra de Jesucristo a todos nuestros ambientes.

Un cristiano que no transmite la Palabra está indicando que no la lleva muy adentro del corazón. Cuando la Palabra está muy metida dentro, cuando el amor a Jesucristo llena el corazón, cuando el celo por la salvación del hermano preocupa de verdad, se siente la necesidad de llevarle el mensaje de la Palabra.

* Vendrá después el erradicar el mal del mundo. La enfermedad física es signo de otra enfermedad mucho peor: la enfermedad del pecado. Cuando Jesús cura la fiebre o la lepra o la ceguera…, indica que ha venido a curar otras enfermedades peores y malignas, las enfermedades que llevan a la muerte eterna.

La Iglesia, nosotros, hacemos lo mismo. El ministerio de los enfermos ha sido siempre uno de los más queridos del pueblo cristiano.

Podemos curar con medicinas y con nuestra atención a los hermanos que sufren la enfermedad, y les llevamos cariño con nuestra visita, que les mejora sicológica y espiritualmente.

* Y hacemos mucho más. Con nuestra conducta y con nuestra acción moralizadora, contribuimos a la sanación del mundo, aquejado por tantas lacras que vienen del pecado y llevan a mayores culpas.

Esto es lo mismo que echar del mundo al Maligno.

La conducta intachable del cristiano es el exorcismo más eficaz contra el demonio, a la par que la mayor contribución al progreso del Reino de Dios.

* Finalmente, la Iglesia, el cristiano, al igual que Jesús, siente la necesidad imperiosa de darse a la oración, a una oración ininterrumpida: la del culto público y la privada de cada uno.
Quien ora, da fe de que lleva a Dios dentro y de que siente con fuerza la filiación de Dios.

El día que dejáramos de orar en medio de nuestra actividad aunque sea la más santa por el Reino de Dios nos desligaríamos de la fuente de la Gracia y todo nuestro esfuerzo resultaría inútil del todo.
¡Señor Jesucristo!

¡Cuánto nos enseñas con el Evangelio de hoy! ¡Qué bien, pero qué bien para la Iglesia si supiéramos trabajar y orar como Tú!…

¿Cómo es el programa de evangelización?

Este programa EVANGELIZANDO, llamado anteriormente “Estoy pensando en Dios”, tiene su pequeña historia. Quiso responder desde el principio al deseo de Papa Juan Pablo II de que hiciéramos un esfuerzo para la preparación, apertura y seguimiento del Tercer Milenio cristiano. Aunque el programa es independiente del Jubileo, y sirve para cualquier tiempo.

Fue ideado y realizado para Radio Estrella de Guatemala, que me tocó fundar con otros amigos allá en 1986, y para otras Emisoras Católicas de Centroamérica y Panamá. A ellas les solía enviar desde Roma algunos mensajes breves e inconexos unos de otros, hasta que llegaron a constituir, sin pretenderlo, dos abultaditos volúmenes.

Todo era en un plan muy familiar. Pero el Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, conocedor del mismo, lo solicitó para la Red Informática de la Iglesia en América Latina (RIIAL). Aquello ya era más serio, y entonces fue cuando me determiné a hacer un programa de evangelización organizado y extenso.

El estilo tenía que ser de charla por radio y dada por locutor laico. Se compuso todo para locutores y locutoras Seglares, amigos a los que les había prometido colaboración para su apostolado en los Medios de Comunicación.

Serían charlas atemporales y alocales, es decir, sin estar concretizadas a un tiempo o lugar determinados. El locutor sabría aplicarlas al aquí y ahora de cada lugar y tiempo con alusiones a los acontecimientos de cada día.

Aunque destinado para Latinoamérica, se optó por el Tú y Vosotros en vez del Usted y Ustedes, como más personal y directo, pues cada locutor lo acomodaría a su estilo propio.

Así nacieron aquellos 1560 temas radiofónicos. Aunque en el Pontificio Consejo ya se advirtió al autor: “Usted piensa en las Emisoras. Pero sepa que servirían tanto o más para la lectura espiritual personal, igual que como material para charlas de grupos”. El mismo Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales lo presentaba así:

“Se trata de píldoras radiofónicas, de chispa y gran perspicacia. En ellas, el locutor y los auditores afrontan con gran dinamismo los grandes desafíos del cristianismo en estos momentos. Son temas de evangelización en torno a Dios, Jesucristo, la Virgen María, la Iglesia, la Gracia, la Piedad y la Familia, el Catecismo de la Iglesia Católica, los Santos y relatos de la Biblia, aparte de otros temas humanos pero mirados siempre bajo la óptica de la fe. Ha sido concebido, a manera de subsidio, para locutores y locutoras seglares comprometidos en medios de comunicación”

Poco después de esto, llegaba el asunto a oídos de Radio Vaticana, y en Abril del año 1999, con carta del P. Javier San Martín SJ., Representante de América Latina y el Caribe, en nombre del P. Federico Lombarda SJ, Director de Programas, solicitaban el trabajo “para ser utilizado en la realización de nuestra reflexión dominical y otras que se tendrán con motivo del Año del Jubileo”.

Contra todas las perspectivas, lo que había comenzado tan modestamente con algunas emisoras de tierras centroamericanas tomaba una amplitud en la que no se había pensado.

El autor reconoce que, tal como estaba distribuido el temario en el CD “Estoy pensando en Dios”, enviado a todas las Emisoras Católicas de América, no resultaba práctico. Hoy lo presentamos haciendo que cada una de las series ─aunque perteneciendo al mismo programa “Evangelizando”─, sean todas independientes una de otra. Esperamos haber atinado.

Dios quiera que este modesto trabajo haga algún bien en las almas. Desde el principio lo puse en manos de la Virgen ─la “Estrella de la Evangelización” en nuestra América─, a fin de que Ella lo caldee con el amor de su Corazón para bien del Reino.